El teleférico de pasajeros, un invento centenario del ingeniero español Torres Quevedo

Imagen del transbordador de Torres Quevedo en el Niágara. Fuente: EFE

Leopoldo Torres Quevedo es uno de los inventores universales con más ingenio y capacidad creativa que se vieron entre finales del siglo XIX y los inicios del XX. Lo que ocurre es que Torres Quevedo es español, tiene infinidad de ingenios que muchos no se llegaron a desarrollar de manera industrial y no suele entrar en esa afición tan anglosajona de realizar listas con el “Olimpo de los grandes inventores”. Esos detalles hacen que sea bastante desconocido hasta para sus compatriotas. La moda de conmemorar centenarios le ha vuelto a poner por unos días en las páginas de los medios informativos, como lo fue en agosto de 1916 cuando en el actual Parque del Niágara, en Canadá, se inauguraba el primer teleférico o trasbordador (como le gustaba a Torres Quevedo a llamar a su ingenio) de pasajeros construido en el mundo.


La obra fue un proyecto español completo, desde su inicio, desarrollo y su final. La Primera Guerra Mundial y la neutralidad de España le convertía en uno de los pocos países que podían abordar obras de ingeniería pensadas para la vida en paz, el resto invertía todo su potencial e ingenio en el conflicto. Así pues, resultó ser una construcción para el transporte de personas ideada por un español. Además, toda la parte de cabina y materiales esenciales fueron construidos en Bilbao por una empresa española con capital español (The Niágara Spanish Aerocar Co. Limited). Una obra de ingeniería civil que se basó en una patente española registrada por Torres Quevedo, a partir de otro teleférico construido por él (Monte Ulía de San Sebastián, 1907) con el título: "Enganche y freno automáticos para transbordadores aéreos" (patente 59627 de 22/1/1915).
 
Torres Quevedo pintado por Sorolla

Lo que hacía excepcional y definitivo a este ingenio teleférico era su sistema de tensión. Un cable con un extremo fijo y en el otro, pasado por una polea, se coloca un contrapeso. Con este sistema la tensión del cable es constante y, por mucho que se cambie la posición de la barquilla, es muy difícil que se rompa. Con la disposición ideada por Torres Quevedo de seis cables paralelos, si se rompiera alguno de ellos el sistema se autoequilibraría. No ha hecho falta comprobar esta ingeniosa seguridad pues en cien años no ha ocurrido ningún incidente grave.

Diseño de anclaje de tensión constante de Torres Quevedo. Fuente: Biblioteca Nacional


Se calcula que más de 10 millones de turistas se han beneficiado de la eficacia y garantías de este ingenio español, que proporciona unas vistas inigualables de los rápidos del remolino y de la garganta del río. El trayecto atraviesa de punta a punta más de medio kilómetro y baja la cabina a unos 40 metros a nivel del río. Espectacular atracción turística de ingeniería española con más de cien años.


Más información sobre el funicular del Niágara y sobre Torres Quevedo en:





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